
Hay momentos en los que una innovación transforma nuestra forma de vivir de forma irreversible. No porque sea una imposición, sino porque lo nuevo funciona mejor: es más útil, más accesible, más eficiente. Y, una vez adoptado, simplemente no hay marcha atrás.
Durante años revelamos carretes de fotos, rebobinamos cintas de vídeo, desplegamos mapas de papel y enviamos faxes. Hoy todo eso forma parte del pasado. La fotografía digital, el GPS, el correo electrónico y el streaming no solo sustituyeron tecnologías obsoletas, sino que redefinieron nuestras expectativas. Más de 6.800 millones de smartphones en uso, según Statista, 250 millones de suscriptores en Netflix, o un 96% de empresas que ya no usan fax en España son sólo algunos ejemplos de cómo ciertos avances se convierten en estándar.
Y esta lógica no es exclusiva de lo digital. Está ocurriendo, ahora mismo, con la sostenibilidad.
Estamos asistiendo a una transición global y multisectorial, tan profunda, que pronto nos parecerá inconcebible haber funcionado de otra forma. La energía solar y eólica ya son, en más de 60 países, la opción más barata para generar electricidad. Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), en 2023 representaron el 82% de toda la nueva capacidad eléctrica instalada en el mundo.
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11 de marzo de 2026




