
«¿Qué ocurre con la inteligencia artificial si la energía deja de ser abundante y barata?»
Mientras el debate sobre la inteligencia artificial se centra en la ética, el empleo o la regulación, hay un elemento crítico que casi nadie menciona: su dependencia energética y material.
La tecnología más avanzada del mundo sigue atada a un sistema físico vulnerable, y una parte esencial de ese sistema pasa por un punto tan estratégico como frágil: el Estrecho de Ormuz.
Cuando sube el precio del petróleo, el debate se centra en la gasolina, el diésel o la factura eléctrica. Es lógico: es lo visible, lo inmediato, lo que afecta al bolsillo de ciudadanos y empresas.
Pero mientras discutimos sobre surtidores y tarifas, hay un elemento silencioso que apenas aparece en la conversación: la inteligencia artificial.
La IA se ha convertido en el gran relato de nuestro tiempo. Pero es un relato construido sobre una base que casi nadie cuestiona. Hablamos de su impacto en el empleo, de sus dilemas éticos, de su capacidad para transformar industrias enteras.
Pero hay un aspecto estructural que permanece fuera del foco: la inteligencia artificial depende de un sistema energético y material que no es ni estable ni asegurado.
Y una parte crítica de ese sistema pasa por un punto del mapa que rara vez asociamos con lo digital: el Estrecho de Ormuz.
Durante años hemos alimentado la idea de que la IA vive en un espacio etéreo, casi místico. “La nube” suena a algo que no ocupa lugar, que no pesa, que no consume. Pero la realidad es mucho más terrenal.
Entrenar y operar modelos de IA exige centros de datos que devoran electricidad, sistemas de refrigeración que consumen millones de litros de agua y hardware construido con minerales críticos cuya extracción y procesado requieren cantidades ingentes de energía.
La IA no es intangible. Es física, intensiva y dependiente.
Y su dependencia empieza por la energía. El verdadero límite de la inteligencia artificial no está en los algoritmos, sino en la capacidad de sostenerlos.
Los centros de datos necesitan un suministro eléctrico constante, estable y creciente. Y hoy, una parte significativa de esa energía sigue dependiendo del gas y del petróleo.
Por el Estrecho de Ormuz circula alrededor del 20% del petróleo mundial y cerca del 25% del gas natural licuado (GNL). Ese gas, esencial para mantener sistemas eléctricos estables, alimenta indirectamente la infraestructura que permite que la IA funcione.
La inteligencia artificial no solo depende del silicio: depende del gas.
Y también del agua, un recurso cada vez más tensionado, especialmente en regiones donde los centros de datos ya compiten directamente con la agricultura y el consumo humano.
Europa lo sabe. España también. La Península se ha convertido en un polo emergente de centros de datos, pero su crecimiento depende de un suministro energético que no controlamos del todo y de un mercado global del GNL que puede tensarse en cuestión de días.
La digitalización avanza más rápido que la capacidad de asegurar la energía que la sostiene.
A esta dependencia energética se suma otra menos visible: la de los materiales. Litio, cobalto, níquel, tierras raras, silicio avanzado… sin ellos no hay chips, no hay servidores, no hay IA.
Pero estos materiales no se extraen ni se refinan en un vacío. Requieren energía intensiva, transporte marítimo —más del 90% del comercio mundial viaja por mar— y cadenas logísticas globales que funcionan como un reloj… hasta que dejan de hacerlo.
Aunque estos minerales no crucen directamente el Estrecho de Ormuz, el sistema que permite producirlos, moverlos y refinarlos sí depende de la energía que pasa por allí.
La IA, en su aparente sofisticación, está anclada a una infraestructura física vulnerable.
Durante décadas, la economía global ha priorizado la eficiencia sobre la resiliencia. Cadenas de suministro ajustadas al milímetro, costes optimizados, dependencias invisibles.
El resultado es un sistema extraordinariamente preciso, pero frágil. Basta una disrupción en un punto crítico —una escalada geopolítica, un bloqueo marítimo, una crisis energética— para que los efectos se propaguen en cascada.
Y no es una hipótesis teórica. En las últimas semanas, los ataques sobre infraestructuras energéticas en Oriente Medio han vuelto a poner en evidencia hasta qué punto el sistema global depende de nodos físicos extremadamente vulnerables.
Cuando se dañan instalaciones clave —refinerías, terminales de gas o rutas logísticas— el impacto no se queda en el precio del combustible: se traslada a toda la economía digital que depende de esa energía para operar.
Ya hemos visto otras señales. En 2021, una ola de calor obligó a reducir la actividad de varios centros de datos en Estados Unidos y Europa por falta de capacidad de refrigeración. No fue un fallo tecnológico. Fue un límite físico. Y ese límite se repetirá.
En ese contexto, la pregunta deja de ser tecnológica y se vuelve estructural: ¿qué ocurre con la inteligencia artificial si la energía deja de ser abundante y barata?
No desaparece. Se encarece. Se ralentiza. Se concentra en manos de quienes pueden pagarla.
Las empresas han integrado la inteligencia artificial en procesos clave con una premisa implícita: que siempre estará disponible, que será escalable, que sus costes seguirán siendo asumibles.
Pero esa premisa depende de factores que ninguna empresa controla: energía, geopolítica, materiales, logística.
Y hay un punto que casi nadie quiere mirar de frente: la IA crece más rápido que la capacidad de generar energía limpia. Y esa brecha es, hoy, uno de los mayores riesgos sistémicos invisibles.
La conversación sobre inteligencia artificial está incompleta. Hablamos de ética, de regulación, de empleo. Pero apenas abordamos su dependencia de recursos físicos limitados y de infraestructuras críticas. La sostenibilidad de la IA no es solo ambiental.
Es energética, material y estratégica.
Y, hoy, no está garantizada.
Tal vez el mayor riesgo de la inteligencia artificial no esté en su capacidad de transformar el mundo, sino en la estabilidad del sistema que la hace posible.
Porque, en última instancia, la tecnología más avanzada de nuestra era sigue dependiendo de algo tan básico —y tan vulnerable— como el paso de la energía por un estrecho.
Y eso debería formar parte del debate.
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